miércoles, agosto 17, 2005

Noticia de El Mundo, 17/08/2005.

Hermano Roger, el último místico

Fundó la comunidad de Taizé, donde miles de jóvenes rezan desde 1940 por la paz del mundo y la unidad de los cristianos


MADRID.- La inesperada noticia del fallecimiento del hermano Roger a los 90 años sacudió como una bofetada el 16 de julio la Jornada Mundial de la Juventud que en estos días se celebra en Colonia. A miles de jóvenes cristianos de todo el mundo les sobrevino de pronto una profunda sensación de orfandad por la muerte del hombre que levantó de la nada y sin proponérselo la comunidad de oración más importante del mundo.
Les espantaba imaginar el cuerpo frágil e inofensivo de Roger traspasado en plena oración por las puñaladas de una perturbada, rodeado por una muchedumbre de jóvenes a la que entregó su vida. La mujer, una rumana que responde al nombre de Luminita, aseguraba ayer a la policía que nunca quiso matar al hermano Roger y que tan sólo quería llamar su atención.
Sin más publicidad que la del boca a boca y en torno a su magnetismo personal, Roger Schutz levantó a lo largo de su vida en una aldea de Francia una comunidad abierta a miembros de todas las iglesias cristianas. Hijo de un pastor protestante, Roger nunca hizo distingos entre jóvenes de distintas religiones. Luteranos, calvinistas, evangélicos, ortodoxos o católicos, todos acudían a él atraídos por su fortísima personalidad y con la conciencia de que siempre es mucho más lo que une a los hombres que lo que los separa.
Seis décadas después de su creación, Taizé acoge cada año a miles de personas de todas las confesiones religiosas en busca de una experiencia mística y de una espiritualidad sin fronteras.
Cuando le preguntaban sobre los orígenes de Taizé, Roger siempre recordaba a su abuela, una mujer protestante que en los peores días de la I Guerra Mundial iba cada tarde a rezar a una iglesia católica como símbolo de unidad en una Europa destrozada por la guerra.
La imagen se quedó en la retina de aquel niño suizo que recién ordenado pastor protestante iba de pueblo en pueblo en una bicicleta por la Francia ocupada de 1940 buscando una misión a la que dedicar su vida. Una noche llegó a una pequeña aldea muy cerca de Cluny y allí una viejecita le pidió que se quedara a pasar el invierno: «Estamos tan solos...». Quién sabe si viendo en sus ojos los de su abuela, Roger alquiló una casa —que pagaba cultivando su huerto y ordeñando una solitaria vaca— y se quedó a vivir en Taizé hasta el fin de sus días.
Hasta allí fue vomitando la guerra judíos, refugiados, disidentes politicos y desertores nazis. A todos les trataba por igual Roger, aun con riesgo para su propia vida. Su labor no pasó inadvertida para una Gestapo que en más de una ocasión estuvo a punto de apresarle.

Pero lo que había empezado siendo una casa de acogida pronto se fue convirtiendo en algo muy diferente. Terminada la guerra, los nueve primeros hermanos de la comunidad de Taizé pronuncian sus votos en la pequeña iglesia románica del pueblo. Acababa de nacer una especie de orden monástica tan sugerente como atípica. La única fundada jamás por un protestante y la única integrada por religiosos de distintas iglesias.
Taizé no posee oficinas ni bienes materiales. No acepta de nadie donaciones ni herencias. Cada hermano dona al morir sus pertenencias a los más pobres. La comunidad vive sólo de las labores agrícolas y de los trabajos de artesanía que realizan los monjes a la manera medieval en talleres de barro, pintura, cristal o esmalte.
Los hermanos destruyen minuciosamente al final de cada año todos sus documentos. En palabras del propio Roger, "para no caer en la tentación de celebrar un día nuestra propia Historia".
Amigo de Juan XXIII
Los hermanos de Taizé pronto extendieron su forma de vida a comunidades en lugares castigados por la miseria como los barrios negros de Chicago y los suburbios de Brasil, Senegal y Corea. Juan XXIII —que en su etapa de nuncio en París había visitado Taizé—_tuvo el insólito gesto de invitar al protestante Roger al Concilio Vaticano II y se refirió al movimiento que había construido como "una pequeña primavera".
Desde 1982 miles de personas se congregan cada año en una ciudad europea —en el año 2000 fue Barcelona, el año pasado Lisboa— convocadas por el hermano Roger y acuden a celebrar la Pascua con los hermanos de la comunidad.
La obra de Taizé ha cambiado el espíritu de este pueblecito pero no su faz. Los peregrinos son alojados en sencillos barracones de madera situados al pie de una frondosa colina. La iglesia es una construcción sencilla, sin bancos ni ornamentos, donde la gente se sienta a rezar tres veces al día sobre un acogedor suelo enmoquetado.
Dirigentes políticos y religiosos de todo el mundo expresaban ayer su dolor por el fallecimiento. Desde Nelson Mandela a Vaclav Havel, Gerhard Schröder o Jordi Pujol. Apóstol de la unidad de los pueblos y las religiones, Roger logró ayer el extraño milagro de conciliar en torno a su recuerdo a personajes tan enfrentados como Nicholas Sarkozy y Dominique de Villepin, que emitieron sendos comunicados lamentando su pérdida.
Para la Historia quedará la última imagen pública de aquel anciano encorvado e impedido que se empeñó el pasado mes de abril en asistir a los funerales por el papa Juan Pablo II, que había visitado Taizé y había expresado su admiración por su labor. En aquella ocasión, el hermano Roger —que nunca renegó de su protestantismo— recibió la comunión de manos del todavía cardenal Joseph Ratzinger. Muchos dijeron entonces con simpleza que había acabado convirtiéndose al catolicismo sin entender la sencilla grandeza de su gesto: que un pastor protestante rindiera homenaje a un Papa al que no debía obediencia comulgando en la mismísima plaza de San Pedro.
Roger Schutz, fundador de la comunidad ecuménica de Taizé, nació en Provence (Suiza) en 1915 y falleció en Taizé el 16 de agosto de 2005.


----------------Hoy estamos todos un poco más huérfanos. Ese hombre nos descubrió una forma diferente de vida. Gracias, Hno. Roger-----------------------

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